El secreto de Augusta J. M. Machado de .J. M. Machado de Assis El secreto de Augusta. 1 El secreto

download El secreto de Augusta J. M. Machado de .J. M. Machado de Assis El secreto de Augusta. 1 El secreto

of 32

  • date post

    18-Oct-2018
  • Category

    Documents

  • view

    222
  • download

    0

Embed Size (px)

Transcript of El secreto de Augusta J. M. Machado de .J. M. Machado de Assis El secreto de Augusta. 1 El secreto

  • J. M. Machado de Assis El secreto de Augusta.

    1

    El secreto de Augusta

    J. M. Machado de Assis

    I

    Son las once de la maana.

    Doa Augusta Vasconcelos est reclinada sobre un sof, con un

    libro en la mano. Adelaida, su hija, deja correr los dedos por el

    teclado del piano.

    -Pap ya se despert? -pregunta Adelaida a su madre.

    -No -respondi, sin levantar los ojos del libro.

    Adelaida se incorpor y se acerc a Augusta.

    -Pero mam, ya es muy tarde -dijo ella-. Son las once. Pap duerme

    demasiado.

    Augusta dej caer el libro sobre su regazo, y mirndola le dijo:

    -Sucede que tu padre ayer se acost muy tarde.

    -Ya me di cuenta de que nunca puedo despedirme de pap cuando

    me voy a acostar. Siempre est afuera.

    Augusta sonri:

    -Eres una campesina -dijo ella-, duermes como las gallinas. Aqu son

    otras las costumbres. Tu padre tiene mucho que hacer de noche.

    -Son cuestiones de poltica, mam? -pregunt Adelaida.

    -No lo s -respondi Augusta.

    Empec diciendo que Adelaida era hija de Augusta, y esta

    informacin, necesaria para el relato, no lo era menos en la vida

    real en que tuvo lugar el episodio que voy a narrar, porque a

  • J. M. Machado de Assis El secreto de Augusta.

    2

    primera vista nadie dira que quienes all estaban eran madre e hija;

    parecan dos hermanas, tan joven era la mujer de Vasconcelos.

    Tena Augusta treinta aos y Adelaida quince; pero

    comparativamente la madre pareca ms joven que la hija.

    Conservaba la misma frescura de los quince aos, y tena adems

    lo que faltaba a Adelaida, que era la conciencia de la belleza y de la

    juventud; conciencia que sera loable si no tuviese como

    consecuencia una inmensa y profunda vanidad. Su estatura era

    mediana pero imponente. Era muy blanca y sonrosada. Tena los

    cabellos castaos y los ojos azulados. Las manos largas y bien

    dibujadas parecan criadas para las caricias del amor; sin embargo,

    daba a sus manos mejor destino: las calzaba en tersa cabritilla.

    Todos los encantos de Augusta estaban en Adelaida, pero en

    embrin. Se poda presentir que a los veinte aos Adelaida iba a

    competir con Augusta; pero por ahora haba en la nia ciertos

    restos de infancia que atenuaban el realce de los atributos de que

    la naturaleza la haba dotado.

    Sin embargo, era perfectamente capaz de despertar el amor de un

    hombre, sobre todo si l fuese poeta, y le gustasen las vrgenes de

    quince aos, incluso porque era un poco plida, y los poetas en

    todas las pocas tuvieron siempre debilidad por las criaturas de piel

    desvada.

    Augusta vesta con suprema elegancia; gastaba mucho, es verdad;

    pero aprovechaba bien los enormes egresos que realizaba, si es

    que a lo que haca poda considerrselo un aprovechamiento.

    Debe, empero, hacerse justicia a un hecho: Augusta no regateaba

    jams; pagaba el precio que le pedan por cualquier cosa. Pona en

    ello su grandeza, y crea que el procedimiento contrario era

    ridculo, y de baja condicin.

    En este punto Augusta comparta los sentimientos y serva los

    intereses de algunos mercaderes que entienden que es una

    deshonra hacer cualquier tipo de rebaja en el precio de sus

    mercaderas.

    El proveedor de telas de Augusta, cuando hablaba a este respecto,

    sola decirle:

    -Pedir un precio y entregar la mercadera por otro menor, es

    confesar que se tena la intencin de estafar al cliente.

  • J. M. Machado de Assis El secreto de Augusta.

    3

    El proveedor prefera realizar la estafa sin confesarla.

    Otro hecho incuestionable al que cabe hacer justicia, era que

    Augusta no ahorraba esfuerzos en su afn de que Adelaida llegara

    a ser tan elegante como ella.

    No era pequeo el trabajo.

    Desde los cinco aos Adelaida haba sido educada en el campo, en

    casa de unos parientes de Augusta, ms dados al cultivo del caf

    que a los menesteres de la moda. Adelaida fue criada en la prctica

    de tales hbitos e ideas. Por eso, cuando lleg a la corte, donde se

    reuni con su familia, se produjo en ella una verdadera

    transformacin. Pasaba de una civilizacin a otra; vivi en poco

    tiempo una larga serie de aos. Lo que le sirvi de mucho fue tener

    en su madre a una excelente maestra. Adelaida se transform, y el

    da en que comienza este relato ya era otra; todava, sin embargo,

    distaba mucho de ser como Augusta.

    En el momento en que la madre responda a la curiosa pregunta de

    su hija acerca de las ocupaciones de Vasconcelos, un carruaje se

    detuvo ante su puerta.

    Adelaida corri hacia la ventana.

    -Es doa Carlota, mam -dijo la nia volviendo hacia adentro.

    Pocos minutos despus entraba en la sala de estar la referida

    seora. Para dar a conocer este nuevo personaje a los lectores

    bastar con decirles que era un calco de Augusta; hermosa como

    ella, elegante como ella, vanidosa como ella.

    Todo esto significa que eran las ms afables enemigas que puede

    haber en este mundo.

    Carlota vena a pedirle a Augusta que fuese a cantar a su casa,

    donde iba a realizarse un concierto, organizado en su honor para

    que estrenase un magnfico vestido nuevo.

    Augusta, de muy buen grado, accedi al pedido.

    -Cmo est tu marido? -le pregunt a Carlota.

    -Sali a caminar; y el tuyo?

    -El mo duerme.

  • J. M. Machado de Assis El secreto de Augusta.

    4

    -Cmo un justo? -pregunt Carlota sonriendo maliciosamente.

    -As parece -respondi Augusta.

    En ese momento, Adelaida, que a pedido de Carlota haba ido a

    ejecutar un nocturno al piano, regres junto a las dos mujeres.

    La amiga de Augusta le pregunt:

    -Me equivoco si pienso que ya tienes algn novio en vista?

    La nia se sonroj mucho, y balbuce:

    -No diga eso.

    -Seguro que s! O entonces estars muy cerca del momento en que

    habrs de tener un novio, y yo ya profetizo que ha de ser buen

    mozo...

    -Es muy temprano -dijo Augusta.

    -Temprano!

    -S; todava es una nia, se casar cuando llegue el momento, y ese

    da an est lejos...

    -Ya s -dijo Carlota riendo-, quieres prepararla bien... Apruebo tus

    intenciones. Pero si es as no le quites las muecas.

    -Ya se las quit.

    -Entonces no te resultar fcil alejar a los pretendientes. Una cosa

    reemplaza a la otra.

    Augusta sonri, y Carlota se incorpor para salir.

    -Ya te vas? -dijo Augusta.

    -Debo irme; adis.

    -Adis.

    Intercambiaron besos y Carlota parti de inmediato.

    Casi en seguida llegaron dos mandaderos: uno con vestidos y el

    otro con una novela; eran compras hechas en la vspera. Los

    vestidos eran carsimos y la novela tena este ttulo: Fanny, por

    Ernesto Feydean.

  • J. M. Machado de Assis El secreto de Augusta.

    5

    II

    Hacia la una de la tarde de ese mismo da se levant Vasconcelos

    de la cama.

    Vasconcelos era un hombre de cuarenta aos, bien parecido,

    dotado de un maravilloso par de patillas grisceas, que le daban un

    aire de diplomtico, actividad de la que estaba alejado por lo

    menos unas buenas cien leguas. Tena una cara risuea y una

    actitud extrovertida: todo l respiraba una robusta salud.

    Era dueo de una considerable fortuna y no trabajaba, o sea

    trabajaba mucho en la destruccin de dicha fortuna, obra en la que

    su mujer colaboraba concienzudamente.

    La observacin de Adelaida era verdica; Vasconcelos se acostaba

    tarde; siempre se despertaba despus del medioda; y sala al

    anochecer para volver a la madrugada siguiente. Quiero decir que

    efectuaba con regularidad cortas o breves excursiones a la casa de

    sus familiares.

    Una sola persona tena derecho a exigir de Vasconcelos una mayor

    asiduidad en su casa: era Augusta; pero ella nada le deca. No por

    eso se llevaban mal, porque el marido, a cambio de la tolerancia de

    su esposa, no le negaba nada, y todos los caprichos que ella pudiera

    tener eran satisfechos con prontitud.

    Si ocurra que Vasconcelos no poda acompaarla a todos los bailes

    y paseos, se encargaba de ello un hermano de Vasconcelos,

    comendador de dos rdenes, poltico de la oposicin, excelente

    jugador de tresillo, y hombre amable en sus horas libres, que eran

    pocas. El hermano Lorenzo era lo que se puede llamar un hermano

    terrible. Obedeca a todos los deseos de su cuada, pero no le

    ahorraba, de vez en cuando, un sermn al hermano. Buena semilla

    que no germinaba.

    Despert, pues, Vasconcelos, y despert de buen humor. La hija se

    alegr mucho al verlo, y l mostr una gran afabilidad hacia la

    mujer, que le retribuy del mismo modo.

    -Por qu te despiertas tan tarde? -pregunt Adelaida acariciando

    las patillas de Vasconcelos.

  • J. M. Machado de Assis El secreto de Augusta.

    6

    -Porque me acuesto tarde.

    -Y por qu te acues